Música, divino tesoro I

Un día antes de dejar la tierra del abrojal, a Calderón le contaron que Gabriel cantaba hermoso. Le dijeron que le habían ofrecido grabar discos (“empresarios que vinieron de la capital”), le dijeron que ganó concursos regionales, que cantó en Comodoro y hasta le contaron que un político lo ilusionó con mentiras cuando era un pequeñito.

Tanto le hablaron a Calderón de Gabriel que se salía de ganas de escucharlo con la guitarra en sus manos. Y la oportunidad llegó una noche de martes cuando ya estaba todo listo para terminar el día. Cual fue la excusa? La caña doble.

La radio estaba encendida, la cena estaba terminando y sonaba la milonga campera de Carlos Gardel. No pasó ni un segundo que  comentaron “Gabriel la canta hermoso, con más fuerza que Lucero”.  Había llegado la oportunidad, pensó Calderón, y dijo: Y si vamos a su casa, la cantará para nosotros?

Un rato más tarde, el comedor de una casa de Cholila era el escenario para que Gabriel cantara con el corazón (y la guitarra en la mano) canciones propias, canciones que hablan del viento, de la nieve, del ciprés y de los hermosos lagos de los pagos. Gabriel canta con los ojos emocionados, con la voz quebrada; canta como quien no piensa en partituras o acordes.  Gabriel canta hermoso.

Al final y cuando ni siquiera estaba en la memoria, Gabriel cantó La caña doble.

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